Para Marta, que sabe cuanto
me gustan las nanas.
Un poema sin dueño me siguió en la calle,
lo perdí en un negocio y me esperó en la puerta;
en puntitas de pie miró por la ventana
y después vino a encontrarme en la vereda.
Intentó ser amigable, intentó persuadirme
de que no encontraría poema mas brillante,
me habló de sus virtudes, olvidó sus defectos,
dijo que para ella… sería el regalo perfecto.
Le presté mi atención, descolocado. Me miraba
y suplicaba, casi, que lo tuviera en cuenta. ¡ Pobre poema !
pensé, mientras guardaba mil cosas en la guantera,
con este frío y tan solo por el mundo, sin dueño,
que hasta me dio un poco de ganas de arroparlo,
de prestarle mi techo para que tuviera
donde esperar el alba, un lugar abrigado.
Aún estaba allí, mirándome a través del vidrio,
en la aspereza del cordón, perdiendo el equilibrio,
entrecerrando los ojos, esperando tal vez
por el milagro de mi voz. Y lo pensé.
¿Qué haría yo con un poema así, desposeído y huérfano?
¿Qué haría con todas esas musas, con sus rimas?
Después de un minuto, que se le ocurrió eterno,
abrí la puerta y lo dejé brincar sobre el asiento.
¡ Estremecía ver tanta alegría en un poema!
Por un momento fue el más feliz de todos,
estoy seguro, los poemas que se hubieran hecho.
Más, nunca hizo silencio. Tenía tanto por decir,
mientras yo andaba por las calles de mi rutina…
Miré el reloj. De repente me sobraba el tiempo,
de pronto tenía otro color el gris de ese cemento,
de pronto me encontré conversando, distendido,
con ese poema arrellanado en el asiento.
Se convirtió en mi amigo, se hizo mi confidente,
me confió ese secreto que a nadie he de contar,
hablamos de metáforas, de esas rimas sin igual,
de la imposible canción que nunca habré de hallar.
Y desplegó su mundo de cuartillas y sonetos,
echó a volar todas las musas y las dejó tan libres
para que revoloteen bien lejos de los miedos,
bien alto, cerca del corazón y de los sueños…
Hablaba y reía, soñaba, intuía, esperaba, quería…
mi poema desbordaba de esperanza y de alegría,
mi poema… el mismo que me siguió una tarde
cuando yo andaba de gris, cargando mi rutina…
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