Cerré los ojos y soñé una vez con ella,
dormida, a un palmo de mi propia existencia,
etérea e inasible, como sueño que de sí se precie,
escapando dentro de los límites oníricos.
Soñaba con ella y conmigo compartía
su sueño incandescente, sus desbordes, sus quejas,
la perversa ambigüedad de estar lejos y tan cerca,
como en un viaje iniciático, de lógica traviesa.
Soñaba ella, conmigo y lo sabía,
me daba forma a su antojo y mi destino,
ella, durmiente, exquisita en esencia,
cuerpo de mujer que nunca se despierta.
Abro los ojos y se me difumina,
en brazos de un Morfeo celoso y vengativo,
vuelvo a dormir, que debe estar conmigo,
cuanto tiene de vivido, lo tiene por mi mismo.
Y yo le contemplo mientras ella me inventa,
tan dulce, a mi merced, tan perversa y lasciva,
soy cuanto le es factible crear desde el silencio,
moldeada a mi capricho, soy el capricho de ella.
Y la observo y la escucho y la siento y la gusto,
y ella hace de mi su admirador ferviente,
le creo, la compadezco, la entiendo, la deseo,
y ella me hace en su sueño su devoto sirviente.
Y descubro las cosas que no contaré nunca,
para no perturbarla en su frágil somnolencia,
si ella no me sueña, no seré, ni será ella,
sujetos a un mismo carro, circulares condenas.
(Y a punto de esfumarme en lo claro del día,
como un sueño que he sido y soñado por ella,
me descubro esperando que despierte ahora,
paradógicamente, porque en su desvelo vivo...)
(Estoy soñando un sueño que sueña ella conmigo) |